martes, 28 de diciembre de 2010

Momentos magicos en un ascensor

Los ascensores también tienen personalidad. No te hablan, son inanimados, pero a veces se solidarizan con tu ajetreado día, tus presiones por el tiempo (el jodido tiempo) o tu mala noche. Se solidarizan obsequiándote una grata compañía durante algunos pocos o muchos pisos, compañía que ingresa contigo a esa caja de acero de la que nadie puede escapar si es que no se abre la compuerta. Momentos en que los mas religiosos agradecen al cielo por conocer precisamente ahí a quien le cambio la vida para siempre, y claro, también están los que se maldicen una y otra vez por no aproximarse y conocer a la efímera compañía. Por supuesto, a este último subconjunto pertenece gran la mayoría de mortales.

Hace no mucho fuiste a una entrevista de trabajo y marcaste el piso 18. Ingresaste al ascensor y ni bien comenzaban a cerrarse las compuertas, una mano se puso al borde de la misma e ingreso a pasos apurados. Una vez dentro, te miro como diciendo “por poco no entro”, pero sin culparte, más bien con la intención de compartir contigo ese pequeño logro de ingresar a la nave espacial antes que partiese sin ella. No dijiste nada, solo la miraste, atontado por su belleza, y deseando fervorosamente que te mirase una vez mas. Ella no lo iba a hacer, porque ya hizo su parte, ahora te tocaba a ti.

Estaban únicamente los dos, mirando a la puerta, iluminados por las luces amarillas, ella a tu izquierda y tu pensando como abordarla, que decir, como conocer a alguien en el trayecto de 18 pisos, porque ella no marcó el piso al que iría y tu sí. Concluiste que ella iba al mismo piso que tu, obvio, y que tal vez también asistiría a una entrevista de trabajo. Si claro, el pensamiento cómodo. De ser este el caso, sentiste la calma de abordarla al salir del ascensor, conversándole y preguntándole las cosas insulsas que se conversan en una salita de espera. Ibas ya por el piso cuarto deseando mejor hablar cuanto antes con ella, que tenia la mirada clavada en la compuerta y una serenidad que tu envidiabas tener como para arrojar cinco o seis palabras bien dichas y entablar por lo menos tres idas y vueltas sólidos, los necesarios para por lo menos rastrear sus pasos.

Llegaste al quinto piso y maldición, se abren las compuertas, alguien sube. “Esta subiendo?” dice una muy educada señora, parecidísima a Helen Mirren, a lo que tu en buen acto cívico e ingenuo pensabas decir “si”, pero irrumpió tu aun desconocida y atractiva acompañante con un sutil “no, esta bajando” y permitió que se cerrasen las compuertas. Notaste, mientras el ascensor retomaba su rumbo, que se sonrío maliciosamente para si misma mirando el suelo, y con la certeza de que le parecía el ascensor muy pequeño como para permitir el ingreso de un intruso. Ahora, pasando por el piso 8 te sentiste mas desnudo, acorralado y cobarde que nunca, como un arquero al que le acaban de encajar el segundo gol, limitado por su capacidad de reacción. Porque uno más, señor, y va a ser goleada, y más que eso, una goleada humillante.

Tu mente se puso en blanco, olvidaste tu discurso de entrada para la entrevista, ahora tus manos sudan y te ves encogiéndote como una hormiga dispuesta a decir cualquier cojudez. Vomita pancho, decías para ti mismo, vomita algo pero que no sea el desayuno, habla por favor supermacho de los sábados en la madrugada, pero actúa, estás mas duro que Tony Montana, mariconazo de antología.  “Ehmm disculpa quieres un chicle?” lo dijiste con la voz mas homosexual que hayas podido ensayar en tu vida, pero sabias que era mejor decirlo así a no decir nada. Ella te miro a los ojos después de 18 pisos y te dijo “claro q si” mientras lo recibía de tus manos. Llegaron al piso 18 y esperaste que ella saliera primero, pero no se movía. Se quedo inmóvil mientras saboreaba tu ultimo chicle “Yo voy al 15, pensé que tu también. Que tonta soy”. Durante ese silencio de varios segundos, tú saliste muy despacio del ascensor, aun mirándola mientras se cerraban las compuertas de acero y le hiciste un tibio adiós con la mano. El viaje terminó y con ello la oportunidad de darle algo mas que un chicle importado. Te quedaste de pie, observando las luces del ascensor que ahora bajaba, comprobando que se detuvo en el piso 15 por varios segundos.

Coach opina: La vida es una Pancho, luego todos nos vamos a ir al mismo saco. Perdamos la verguenza y el miedo al rechazo. Como decia Jean Claude Van Damme "Retroceder nunca, rendirse jamas"

Coach recomienda: Te recomiendo dos cosas, si eres de los que no pueden tener una conversacion fluida, en el peor de los casos dale tu tarjeta personal (ya ves que importante es mandarte a hacer unas?), forzandola a que ella te dé la suya, y si no tiene, pues estas en una posicion mas comoda como para pedirle su numero y/o correo.

Mi segundo consejo, con toda humildad, es el camino ideal del buen malabarista: Enfrentar al enemigo:




Coach imagina: El ascensor se malogro en el 10mo piso. Si no atinas a hablar en esas circunstancias, cambiate el nombre de Pancho por el de Panchita.

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